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LOS MEÑIQUES 

Tengo una mutación genética inofensiva: los meñiques.

Es una herencia familiar. Mi mamá también tiene los dedos pequeños de las manos ligeramente doblados. En los de ella, casi no se nota. Está un poco más torcido el derecho que el izquierdo, igual que yo. Nunca fue un problema para ella. En el sorteo de genes, parece que me tocó esto de la mutación meñical, digámosle. Y encima evolucionado. Imaginé alguna vez que mis hijos podrían llegar a tener todos los dedos de las manos retraídos, híper torcidos, en un paso más de su estadio. ¿Quién sabe? No yo. 

A eso de mis doce años me llevaron a un especialista. El especialista dijo que había que operar y que tres meses previos a la intervención debía usar un aparato ortopédico que me estirara el dedo las 24 hs del día. Me compraron ese aparatito de alambre cromado y almohadillas de goma blanca, un aparato de tortura fabricado en el 5to infierno que me hacía doler como un condenado. Encima se soltaba a cada rato por la presión ejercida. A todo esto, sumémosle que la operación requería hacer un
tajo desde la yema del dedo hasta la base de la mano, y extraer tendones de los
muslos para poder agregar en los dedos. Decidí no llevar a cabo semejante empresa,
que dejen a mis dedos especiales en paz, abandonar el aparato infernal en un
cajón y que mis muslos sigan comunes y corrientes, libres de cicatrices. Gran
decisión para un preadolescente. Y así siguió la vida. 

Olvidate que levante el dedo menor con clase cuando tomo una taza de té. No da distinción, queda raro. Tampoco que haga cuernitos sacando la lengua en un recital, ni una gota de rock, menos del pesado. O saludar a surferos con su señal de pulgar y meñiques extendidos. Asegurada falla de comunicación.

Siempre me costó mucho meter la mano en los bolsillos del jean, tamaña tarea que ya es complicada incluso con manos perfectas. O habilidades más específicas como hacer girar dos bolas chinas en una mano, o trucos de magia con monedas... Simplemente no.­

En unas clases de piano del colegio, la profesora sintió pena y me aprobó igual, a pesar de que no podía tocar sin girar los brazos a 90 grados para llegar con el dedo chiquito a las teclas. 

En la iglesia o cuando rezábamos en la escuela, no quería poner las manos en posición de rezo, me daba vergüenza que alguien se dé cuenta de la “deformidad”. A ver si pensaban que era un acólito de Satán. Bueno, poco me importaría ahora. 

Justo antes de ponerme a salir con mi primera novia, dramaticé “Tenés que saber algo de mí antes de que salgamos”. Y aflojó la cara de susto cuando vio que eran un par de meñiques atrofiados, nada más.

Una vez grabando un cortometraje, tuve que emocionarme en un primer plano, me puse las manos estiradas en la cara mientras sucedía la magia. El director pidió expresamente que repitamos la toma otra vez, ahora sin las manos en la cara, ya que se notaba mucho ‘mi condición’. La nueva toma ya no era lo mismo. Claro que no me divierte mostrar las manos en los castings, vuelta y vuelta, a veces se dan cuenta y me dicen “Estirá bien los dedos”. Y ahí es cuando les cuento a todos los presentes.

“Wow, ¿siempre fuiste así? ¿Te duele? ¿No podés hacer ‘esto’? Poné la mano ‘así’. A ver, estiralo.” No puedo, a ver si entendemos. Igual me encanta ver impresiones de asco cuando tocan el dedo y tratan de enderezarlo. Eso siempre es divertido.

Los que saben de los meñiques joden y me dicen chocá los “cuatro y medio” y yo me río y es verdad: nunca choqué los cinco realmente.

En fin. Los llevo con orgullo. Son parte mía. No deja de ser una curiosidad, una nota de color. Las diferencias no nos hacen deformes, sino que nos acercan a nuestra propia forma. Una forma verdadera y única. Vale para los meñiques. Y para todo lo demás.


Fotos: Sebastián Romero Bernhardt

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